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Tom Jones y el lector ahíto

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Una costumbre antigua que vuelve a retomarse es la de hacer un prólogo a una obra. Uno tenía la opción de pedírselo a un amiguete influyente dentro del círculo literario, y las letras de su nombre quedaban iluminadas en portada, como un cartel de neón de cine. Otra opción tomada por los que no tenían amigos, eran ya reconocidos (y por tanto no había prologuista que les encumbrara) o (los menos) no querían el ascenso fácil o la visibilidad en eso que (desde que algún crítico francés –cómo no- que empieza por B) se llamaba espacio o campo literario, donde solamente pastaban unos pocos, se lo hacían así mismos.

Tom Jones, que antes de ser cantante fue novelista[1], escribió una obra (vastísima) llamada Henry Fielding[2], que trata sobre, curiosamente, un tipo que se llama Tom Jones (que ni es cantante ni es novelista), pero que si hubiera nacido en España se hubiera llamado Expósito, un nombre menos musical pero mucho más alegórico, qué duda cabe.

Vayamos al prólogo de la novela intitulado “Introducción a la obra o lista de platos del banquete” (sí, esa manía arcaica de titular los capítulos con un resumen de lo que iban y añadiendo un título disyuntivo por si el lector, que justamente es de lo que trata este apartado, fuera tan imbécil como para no comprender lo que se dice en dos hojas).

En estas dos páginas (ya que es usted lector y por tanto, para Fielding-Jones, idiota) se explica lo siguiente:

Un autor tiene que considerarse, no al estilo de un caballero particular que da un banquete, sino más adecuadamente como un señor cuyo trato se centra más bien sobre un público corriente y en la mansión del cual son bien acogidas todas aquellas personas que se presenten con su dinero. En el primero de los casos, es sobradamente conocido que el anfitrión prepara el menú que considera oportuno y, si dicho menú no es del gusto de los comensales, éstos no pueden oponer objeción de ninguna clase. La buena educación, por el contrario, les obliga a exteriorizar en forma aprobatoria sea lo que fuere que se les ponga ante ellos. Nada semejante acontece al dueño de una casa de comidas, donde los que pagan lo que comen y quieren satisfacer su gusto, por fino y exigente que éste sea, y donde los cuáles, de hallar algo que no esté en conformidad con sus deseos, tienen derecho a expresar su disconformidad y a protestar de la comida sin traba de ninguna clase.
 

Literatura y comida, aquello tan tan tan repetido: recordemos La Odisea o La Eneida, donde se comentan las historias acontecidas anteriormente (analepsis o flashbacks para los puristas) en la mesa. O la gran trama de traición que se teje durante la Última Cena bíblica. Incluso, las discusiones amorosas en El banquete de Platón (como no podía ser de otra forma debido al sobrenombre del griego[3]). La mesa, por tanto, debería ser un sitio propenso para la discusión literaria (como la barra del bar para la política o el fútbol) y de ello tomaron nota las generaciones de novelistas que se unían en sociedades, cafés o tertulias[4].

Fielding ya distingue dos tipos de lectores-comensales. El primer lector es el corriente, al que como a los animales, se les echa el pienso por el suelo y no tienen derecho ni a gruñir. La única crítica que pueden ofrecer es negarse a comer, y en ese caso se les acabaría tarde o temprano la vida, de seguir así la situación, por falta de alimento. El segundo lector podría pensarse que, por contraposición con el primero, es el lector más erudito, culto, interesado… pero nada más lejos. El factor principal de este segundo lector comensal es el dinero que pagan por comer o leer. Así, si pagan, tienen derecho a elegir lo que comen o lo que leen y mostrar su disconformidad si no les gusta lo ofrecido. Esto plantea una serie de problemas (o problemática, que está más de moda):

  1. El lector crítico, por tanto, no es un lector corriente (monetariamente hablando)
  2. El lector crítico paga por lo que lee.
  3. El lector crítico puede serlo porque paga por ello (si lee de prestado: bibliotecas, amigos que prestan sus libros, regalos, descargas ilegales… pierde esta condición).
  4. El lector crítico puede leer lo mismo que el corriente, pero entonces, como se pregunta el mismo Fielding:
 ¿Dónde se encuentra entonces la diferencia entre el alimento del noble y el plebeyo si no es en la preparación, adorno, guarnecido y presentación, puesto que ambos comen del mismo buey y de la misma ternera? De una forma excita el apetito del más exigente, mientras de la otra revulsiona el estómago del que tenga el apetito más despierto.
 

Clarísimo. Se encuentra en la forma en que se presenta el plato. Uno no paga por el producto libro, por el número de letras, por lo que pesa… sino por la forma que tiene (externa e interna). Luego uno tiene todo el derecho (o deber) del mundo de pagar lo mismo por un libro de baja calidad (interna o externa). Más problemas: uno paga por la forma externa, ya que no tiene acceso a la interna hasta una vez haberlo leído. Y no creo que se permita la devolución del mismo pasado este tiempo. Por tanto, la única arma con el que cuenta el lector-paganini es la crítica del producto comprado. El crítico como el defensor de los consumidores, ahítos de lo que un buen amigo llamaba literhartura[5].

 ¡Buen provecho!


[1] Nótese la ironía.

[2] Nótese el sarcasmo. Culpa de ello es que en la edición consultada el título de la obra parece el del autor.

[3] Olvídese el chiste poco acertado.

[4] La cuestión ha degenerado hasta tal punto que no hay agente que se precie que no cierre sus acuerdos literarios comiendo.

[5] Vid. para este concepto la crítica de José Carlos Rodrigo Breto a El invierno de la rosa, de Montserrat Doucet.

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