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Vallejianos de baja estofa

Publicado en

vallejo belli heraudCésar Vallejo, Carlos Germán Belli y Javier Heraud.

 

Una de las cosas que siempre me ha llamado la atención es el hecho de que entre los poetas, al menos los de habla hispana, cuando se les pide que citen a los poetas que más les han influido en su obra, uno de los nombres que más se repite es el del peruano César Vallejo. Es una posición de relativa comodidad, ya que Vallejo es un poeta ya reconocido por la tradición y esto da una serie de ventajas frente al que arremete contra ella de forma individual. Cómoda es, digo, porque a pesar de nombrarle, nunca se adhieren a ningún Vallejo (según las tres categorías que la Sagrada Crítica reconoce): ni al poeta modernista, ni al de vanguardia, ni al comprometido… Se mantienen misteriosos los poetas consultados. ¿Será que no han leído a Vallejo? -me pregunto-. Y si lo han leído, ¿les influye de verdad o es solamente una pose? ¿Han entendido algo de Vallejo, especialmente los poemas más herméticos de Trilce? Una primera conclusión: no hay entre los vallejianos quien lo imite, porque, en cierta medida, es casi inimitable, al menos en su registro más experimental, el que considero el apogeo de su búsqueda[1].

Y esto me lleva a una pregunta: ¿es mejor que te lean, influir/ser influencia, o ser imitado?Pregunta sin respuesta, claro.

Vallejo nació, (además de un día en que Dios estaba enfermo) casi antes de escribir, con una tarea complicada: ser el sucesor de Darío. No quiero ni imaginarme a los poetas peruanos (y la lista es muy extensa así que me limito a contemplar dos casos en estas líneas) devanándose los sesos por ser el nuevo Vallejo. Hoy, ahora mismo. Un ejemplo lo da Carlos Germán Belli, poeta peruano complicado por razones diferentes a las de Vallejo, cuando escribe en un artículo titulado originalmente “Estudios en torno a Vallejo” lo siguiente:

Diferentemente de lo que ocurrió en Chile con Neruda, donde las generaciones posteriores a él se vieron en la perentoria necesidad de cerrar rápidamente filas ante el torrente lopesco de sus versos; en el Perú, con Vallejo en cambio, la gravitación de éste ha sido notoria en particular en la generación del medio siglo, aunque habría que indicar de paso que la adhesión, en muchos casos, fue sólo a una porción de su espíritu –lo social con exclusión de lo metafísico–, y por lo demás casi nunca en su forma poética, en razón de ser por cierto un modelo difícil de imitar, a diferencia del propio Neruda o de los grandes maestros modernistas del pasado.
 

Sigue el artículo y evoca dos de las influencias de Vallejo: el archinombrado Thomas Merton (al que obviaré de momento por no ser peruano) y Javier Heraud. (¿Heraud? -me pregunté en su momento-). Heraud: un poeta-guerrillero que muere con veintiún años y del que González Vigil dice que “supo asimilar la concepción del hombre de César Vallejo”. He ahí su influencia según la crítica. Sumerjámonos (sólo hasta los tobillos) entonces en la poesía de Heraud como heredero de Vallejo para buscar estos rasgos: “Porque mi patria es hermosa/ como una espada en el aire,/y más grande ahora y aun/más hermosa todavía,/yo hablo y la defiendo/con mi vida” (Palabra de guerrillero) o “Yo soy un río,/voy bajando por/las piedras anchas,/voy bajando por/las rocas duras,/por el sendero/dibujado por el viento”. (El río).

No hace falta seguir de momento[2]. Se entiende (si me cree el lector) que no habrá ni rastro de Trilce en ninguno de los poemas. Comprensible, ¿no? ¿Cómo un ilustre vallejiano puede obviar la obra cumbre de su ídolo? Pregunta sin respuesta. De nuevo.

Entonces, al fin y al cabo, ¿para qué ser el nuevo Vallejo? Nadie te lee, los que te leen no te entienden, los que te entienden no te imitan, los que te imitan lo hacen mal… Pero esa regla ya la sabíamos: Nadie Lem nada; si Lem no comprende nada; si comprende, lo olvida enseguida.


[1] Defiendo que la poética de Vallejo es la de la búsqueda. Frente a las pérdidas sufridas en su vida, como son: pérdida de familiares (su madre, por ejemplo), de maestros, de amores (Otilia), de la infancia, de la libertad (su estancia en la cárcel)… Vallejo lleva a cabo la poética de las búsquedas: búsqueda de Dios y del sentido de la vida (en Los heraldos negros), del lenguaje y la palabra (y así una nueva poesía), de una nueva concepción del tiempo, de conocimiento, de uno mismo, de la revolución política y el compromiso, o búsqueda de la esperanza y fe en el hombre (recordemos el último poema de España, aparta de mí este cáliz).

[2] El lector que quiera que lo haga, pero para el propósito de este escrito al menos no es necesario.