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Archivo mensual: abril 2013

Sobre el compromiso del poeta: apuntes ligeros (y muy discutibles).

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neruda y poundPablo Neruda con Salvador Allende y Ezra Pound

El poeta comprometido es una de las mayores falacias del siglo ¿De cuál? De éste y de aquél. No hace falta que lo diga, pero lo digo: no creo en los compromisos de los escritores, salvo que sea con la propia literatura. La persona sí, la persona (que puede ser poeta, periodista o bloguero, por nombrar tres oficios que al oírlos una madre se persignaría) sí puede (no diré debe, allá cada uno) estar/ser comprometido. De ahí, a que se use la literatura como instrumento de persuasión, mire usted, esa empresa ya fracasó hace mucho, no lo intente. Sería como volver a poner en funcionamiento Rumasa… (espere…uhmmm)

¡Qué bien esos poetas tan comprometidos (siempre con la izquierda, el compromiso de derechas no debe existir, ni el de centro, ni el compromiso apolítico; el único compromiso algo tolerable de un poeta es el del matrimonio[1], pero ni eso, oiga, que a un poeta monógamo, ya lo dije en algún lugar –creo, y si no lo diré-, se le acaban las dedicatorias) que nos enseñaron en el colegio! ¡Qué bien los poetas de la lucha social! ¡Qué malos (la mayoría de) sus poemas! ¿Casualidad? No sé si creerlo: Un lanzamiento de dados jamás abolirá el azar. Rimbaud y Verlaine[2], entre otros, formaron parte de “la experiencia” (por llamarla de algún modo) de La Comuna de París (Commune experience, Comme une expérience, buen nombre para grupo, grupúsculo, conciliábulo o demás, tanto da de música o poesía). No creo que a ninguno de ellos se le tome por poeta comprometido, ¿no? En su vida, bien lo saben los biógrafos, tomaron partido (por la poesía, por dejarla, por su mujer, por ellos mismos, por sus amantes, por el tráfico de armas…) pero no estarán encabezando (ni enculando, por decir que están los últimos) ninguna lista de poetas sociales. Porque el compromiso debe ser (supongo) algo moderno (quiero decir actual) et “il faut être absolument moderne”.

Siempre se podrá aludir a la función social del poeta, del escritor, con el fin de cambiar las cosas, el mundo, a través de la palabra. Función del escritor que, en este caso, son funciones. Dos para ser más exactos, y nada fáciles de cumplir: escribir (y que se le lea bien leído: ojocuidado al tema) y morirse de hambre.

Que a los poetas les duelan todas estas cuestiones, oiga, muy bien gracias. Que escriban.  Los mejores poemas que sean capaces de escribir. Sin militar, sin “pisotear” (entiéndase) su profesión de escritor. Que debido a este dolor nos hagan sufrir con poemas flagelantes y horrendos[3], por eso ya no paso (hay grandes poemas y poetas sociales y comprometidos, pero no por el mero hecho de serlo eso les da un valor añadido -tome usted el pareado como lema si quiere-). Si el compromiso sepulta a la literatura, deja de ser compromiso (literario)[4]. Y el único a mi entender válido lo es con la literatura y con el lector.


[1] Vid Juan Ramón Jiménez por ejemplo.

[2] Sí, querido lector, ya sé que el título anterior es de Mallarmé, pero este poeta era el más aburrido de los simbolistas, no se pegaba tiros, no dejó la literatura, se pasaba horas y horas puliendo sus versos, no se enamoró de ninguno de los poetas de su generación. Era tan aburrido, fíjese lector, que ¡¡era profesor de inglés y leía a Poe!!

[3] Pienso en algunas de las “Odas elementales” del Neruda alejado de cualquier “Residencia”.

[4] Quizá, suspiro, hacen falta más poetas idiotas en el sentido clásico y menos idiotas en el sentido actual.

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rehincarnación

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espalda lienzo del notiempo

“Y que el corazón se lo cuide otro”
(Carlos Torres Prieto)
 
Recordar: Viene del bajo latín recordare, que se compone del prefijo re- (‘de nuevo’)
y un elemento cordare formado sobre el nombre cor, cordis (‘corazón’).
Significa “volver a pasar por el corazón”. Ant.  “despertar”
(de varios diccionarios etimológicos)
 
 

consciente callosidad de (mis) manos turbias

peregrinación de rabo de lagartija por (tu) eSpalda: lienzo del no tiempo

advocación de la virgen de la tartesia Spal

-recordero de diosabequé que no quitas el olvido inmundo-

masticado el ojo, alambre clavado en-traña

dinamitaje de tus tobillos, pedestres infartos de tuyocardio

bombeo por repetición: víscera con vocación de veleta

sobornable a las brisas, calarena, giróvago, hepatocardio andrajoso

uva reventada entre dos dedos: caldo encarnado

rehincarnación, atrabesar, viceverse: serie invertida

perita en puñaladas que mudaste a perita en dulces

a madera en la tierra, recorte de las propiedades eróticas del relámpago

slow e-motion: en lo íntimo del tallo de este eje

me habitan las rabias muertas por pendientes

me habitan las savbias vivas por perderse

mísero cordis: no saber si darse cuerda o ahorcarse con ella

sé que no voy a resistir un segundo asalto ni un segundo revés ni un segundo

así: se buscan administradores para este pinchazo infracostillar.

larvatus prodeo

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de acá para allá
A Alfredo Tuntra Gómez, alter ego, éter anónimo, heterónimo.
 
El calor, como una ropa invisible, dan ganas de quitárselo.
Bernardo Soares
Adiós ambages, maletas divorciadas;
adiós fracasos descalabrantes.
La piel en llagas, dolorienta,
des-con-tex-tua-li-za-da,
ligeramente pegajosa.
Me soy
me siendo,
sólo porque me creo
(todo lo que uno puede creerse y crearse)
Sin log(r)os ni precintos
depilado a la cera ardiente
-desde los castillos
el magma cotidiano al acecho-.
Después de todo
sólo queda lo que no somos
lo que hemos sido pero no
lo que seremos pero tampoco
lo que expulsamos o rechazamos
como parte de una identidad actoral
construida con los pocos papeles
que interpretar se nos ha dejado
despegar la foto del denei
que, como el calor portugués,
es la piel invisible, la ropa extraña,
irreconocida, irreconocible,
que dan ganas de arrancarse.

Tom Jones y el lector ahíto

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DSC_0617 (2)

Una costumbre antigua que vuelve a retomarse es la de hacer un prólogo a una obra. Uno tenía la opción de pedírselo a un amiguete influyente dentro del círculo literario, y las letras de su nombre quedaban iluminadas en portada, como un cartel de neón de cine. Otra opción tomada por los que no tenían amigos, eran ya reconocidos (y por tanto no había prologuista que les encumbrara) o (los menos) no querían el ascenso fácil o la visibilidad en eso que (desde que algún crítico francés –cómo no- que empieza por B) se llamaba espacio o campo literario, donde solamente pastaban unos pocos, se lo hacían así mismos.

Tom Jones, que antes de ser cantante fue novelista[1], escribió una obra (vastísima) llamada Henry Fielding[2], que trata sobre, curiosamente, un tipo que se llama Tom Jones (que ni es cantante ni es novelista), pero que si hubiera nacido en España se hubiera llamado Expósito, un nombre menos musical pero mucho más alegórico, qué duda cabe.

Vayamos al prólogo de la novela intitulado “Introducción a la obra o lista de platos del banquete” (sí, esa manía arcaica de titular los capítulos con un resumen de lo que iban y añadiendo un título disyuntivo por si el lector, que justamente es de lo que trata este apartado, fuera tan imbécil como para no comprender lo que se dice en dos hojas).

En estas dos páginas (ya que es usted lector y por tanto, para Fielding-Jones, idiota) se explica lo siguiente:

Un autor tiene que considerarse, no al estilo de un caballero particular que da un banquete, sino más adecuadamente como un señor cuyo trato se centra más bien sobre un público corriente y en la mansión del cual son bien acogidas todas aquellas personas que se presenten con su dinero. En el primero de los casos, es sobradamente conocido que el anfitrión prepara el menú que considera oportuno y, si dicho menú no es del gusto de los comensales, éstos no pueden oponer objeción de ninguna clase. La buena educación, por el contrario, les obliga a exteriorizar en forma aprobatoria sea lo que fuere que se les ponga ante ellos. Nada semejante acontece al dueño de una casa de comidas, donde los que pagan lo que comen y quieren satisfacer su gusto, por fino y exigente que éste sea, y donde los cuáles, de hallar algo que no esté en conformidad con sus deseos, tienen derecho a expresar su disconformidad y a protestar de la comida sin traba de ninguna clase.
 

Literatura y comida, aquello tan tan tan repetido: recordemos La Odisea o La Eneida, donde se comentan las historias acontecidas anteriormente (analepsis o flashbacks para los puristas) en la mesa. O la gran trama de traición que se teje durante la Última Cena bíblica. Incluso, las discusiones amorosas en El banquete de Platón (como no podía ser de otra forma debido al sobrenombre del griego[3]). La mesa, por tanto, debería ser un sitio propenso para la discusión literaria (como la barra del bar para la política o el fútbol) y de ello tomaron nota las generaciones de novelistas que se unían en sociedades, cafés o tertulias[4].

Fielding ya distingue dos tipos de lectores-comensales. El primer lector es el corriente, al que como a los animales, se les echa el pienso por el suelo y no tienen derecho ni a gruñir. La única crítica que pueden ofrecer es negarse a comer, y en ese caso se les acabaría tarde o temprano la vida, de seguir así la situación, por falta de alimento. El segundo lector podría pensarse que, por contraposición con el primero, es el lector más erudito, culto, interesado… pero nada más lejos. El factor principal de este segundo lector comensal es el dinero que pagan por comer o leer. Así, si pagan, tienen derecho a elegir lo que comen o lo que leen y mostrar su disconformidad si no les gusta lo ofrecido. Esto plantea una serie de problemas (o problemática, que está más de moda):

  1. El lector crítico, por tanto, no es un lector corriente (monetariamente hablando)
  2. El lector crítico paga por lo que lee.
  3. El lector crítico puede serlo porque paga por ello (si lee de prestado: bibliotecas, amigos que prestan sus libros, regalos, descargas ilegales… pierde esta condición).
  4. El lector crítico puede leer lo mismo que el corriente, pero entonces, como se pregunta el mismo Fielding:
 ¿Dónde se encuentra entonces la diferencia entre el alimento del noble y el plebeyo si no es en la preparación, adorno, guarnecido y presentación, puesto que ambos comen del mismo buey y de la misma ternera? De una forma excita el apetito del más exigente, mientras de la otra revulsiona el estómago del que tenga el apetito más despierto.
 

Clarísimo. Se encuentra en la forma en que se presenta el plato. Uno no paga por el producto libro, por el número de letras, por lo que pesa… sino por la forma que tiene (externa e interna). Luego uno tiene todo el derecho (o deber) del mundo de pagar lo mismo por un libro de baja calidad (interna o externa). Más problemas: uno paga por la forma externa, ya que no tiene acceso a la interna hasta una vez haberlo leído. Y no creo que se permita la devolución del mismo pasado este tiempo. Por tanto, la única arma con el que cuenta el lector-paganini es la crítica del producto comprado. El crítico como el defensor de los consumidores, ahítos de lo que un buen amigo llamaba literhartura[5].

 ¡Buen provecho!


[1] Nótese la ironía.

[2] Nótese el sarcasmo. Culpa de ello es que en la edición consultada el título de la obra parece el del autor.

[3] Olvídese el chiste poco acertado.

[4] La cuestión ha degenerado hasta tal punto que no hay agente que se precie que no cierre sus acuerdos literarios comiendo.

[5] Vid. para este concepto la crítica de José Carlos Rodrigo Breto a El invierno de la rosa, de Montserrat Doucet.

Himnsomnio

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DSC_0617

Noche ¿por qué grieta querías irte?

Sueño ¿en qué guarida te escondes?

Así empezaría un himno. Pero.

Nunca un himnótico, desfase de la lengua, rumor estacionario.

—-

Noche indigente de adopción

en tu pupila se detuvieron coincidentes

todos los instantes de mi zozobra

y en un pestañeo poco perecedero

te veo escrita en la pintura del techo:

la tibieza de la oscuridad me recuerda a ti

inoculada la callosidad de tus manos al corazón

tengo los párpados desabrigados

y en el estribo de la esquina del dedo de mi pie izquierdo guardo

la escombrera de incontables días susurrantes de las muescas en el muro

con cierto menosprecio por la arruga insignificante

sé que no estarás despierta ahora que velo por los dos

a pesar de la avaricia nocturna: todo lo absorbe

yo pienso que, a veces, la noche sufre insomnios por mi culpa

que por velar almas descobijo pasados.

Vallejianos de baja estofa

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vallejo belli heraudCésar Vallejo, Carlos Germán Belli y Javier Heraud.

 

Una de las cosas que siempre me ha llamado la atención es el hecho de que entre los poetas, al menos los de habla hispana, cuando se les pide que citen a los poetas que más les han influido en su obra, uno de los nombres que más se repite es el del peruano César Vallejo. Es una posición de relativa comodidad, ya que Vallejo es un poeta ya reconocido por la tradición y esto da una serie de ventajas frente al que arremete contra ella de forma individual. Cómoda es, digo, porque a pesar de nombrarle, nunca se adhieren a ningún Vallejo (según las tres categorías que la Sagrada Crítica reconoce): ni al poeta modernista, ni al de vanguardia, ni al comprometido… Se mantienen misteriosos los poetas consultados. ¿Será que no han leído a Vallejo? -me pregunto-. Y si lo han leído, ¿les influye de verdad o es solamente una pose? ¿Han entendido algo de Vallejo, especialmente los poemas más herméticos de Trilce? Una primera conclusión: no hay entre los vallejianos quien lo imite, porque, en cierta medida, es casi inimitable, al menos en su registro más experimental, el que considero el apogeo de su búsqueda[1].

Y esto me lleva a una pregunta: ¿es mejor que te lean, influir/ser influencia, o ser imitado?Pregunta sin respuesta, claro.

Vallejo nació, (además de un día en que Dios estaba enfermo) casi antes de escribir, con una tarea complicada: ser el sucesor de Darío. No quiero ni imaginarme a los poetas peruanos (y la lista es muy extensa así que me limito a contemplar dos casos en estas líneas) devanándose los sesos por ser el nuevo Vallejo. Hoy, ahora mismo. Un ejemplo lo da Carlos Germán Belli, poeta peruano complicado por razones diferentes a las de Vallejo, cuando escribe en un artículo titulado originalmente “Estudios en torno a Vallejo” lo siguiente:

Diferentemente de lo que ocurrió en Chile con Neruda, donde las generaciones posteriores a él se vieron en la perentoria necesidad de cerrar rápidamente filas ante el torrente lopesco de sus versos; en el Perú, con Vallejo en cambio, la gravitación de éste ha sido notoria en particular en la generación del medio siglo, aunque habría que indicar de paso que la adhesión, en muchos casos, fue sólo a una porción de su espíritu –lo social con exclusión de lo metafísico–, y por lo demás casi nunca en su forma poética, en razón de ser por cierto un modelo difícil de imitar, a diferencia del propio Neruda o de los grandes maestros modernistas del pasado.
 

Sigue el artículo y evoca dos de las influencias de Vallejo: el archinombrado Thomas Merton (al que obviaré de momento por no ser peruano) y Javier Heraud. (¿Heraud? -me pregunté en su momento-). Heraud: un poeta-guerrillero que muere con veintiún años y del que González Vigil dice que “supo asimilar la concepción del hombre de César Vallejo”. He ahí su influencia según la crítica. Sumerjámonos (sólo hasta los tobillos) entonces en la poesía de Heraud como heredero de Vallejo para buscar estos rasgos: “Porque mi patria es hermosa/ como una espada en el aire,/y más grande ahora y aun/más hermosa todavía,/yo hablo y la defiendo/con mi vida” (Palabra de guerrillero) o “Yo soy un río,/voy bajando por/las piedras anchas,/voy bajando por/las rocas duras,/por el sendero/dibujado por el viento”. (El río).

No hace falta seguir de momento[2]. Se entiende (si me cree el lector) que no habrá ni rastro de Trilce en ninguno de los poemas. Comprensible, ¿no? ¿Cómo un ilustre vallejiano puede obviar la obra cumbre de su ídolo? Pregunta sin respuesta. De nuevo.

Entonces, al fin y al cabo, ¿para qué ser el nuevo Vallejo? Nadie te lee, los que te leen no te entienden, los que te entienden no te imitan, los que te imitan lo hacen mal… Pero esa regla ya la sabíamos: Nadie Lem nada; si Lem no comprende nada; si comprende, lo olvida enseguida.


[1] Defiendo que la poética de Vallejo es la de la búsqueda. Frente a las pérdidas sufridas en su vida, como son: pérdida de familiares (su madre, por ejemplo), de maestros, de amores (Otilia), de la infancia, de la libertad (su estancia en la cárcel)… Vallejo lleva a cabo la poética de las búsquedas: búsqueda de Dios y del sentido de la vida (en Los heraldos negros), del lenguaje y la palabra (y así una nueva poesía), de una nueva concepción del tiempo, de conocimiento, de uno mismo, de la revolución política y el compromiso, o búsqueda de la esperanza y fe en el hombre (recordemos el último poema de España, aparta de mí este cáliz).

[2] El lector que quiera que lo haga, pero para el propósito de este escrito al menos no es necesario.

Nomismática

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tu nombre en mí ahoradado

zanja surco ancestral

gravamen de pústula y cicactriz

sello vena del tiempo

tu nombre o me revbelo

tu nombre es arenga de generales

marca de yerra en piel

es beso en la mejilla

a tu nombre iba yo por raíles

hubiese sido astuto

desterrar su sonido

porque al invocarlo una voz anónima

-tu nombre no eres tú

tu nombre es y no el tuyo-

el oído del recuerdo se activa

mi oreja cotidiana

poco atenta a apellidos

convierte los hercios en hipodermis

himno burla lisonja

piedra muro caricia

mentira iris reflejo

ilusión acre maca